“Uno de los defectos de la educación superior moderna es
que hace demasiado énfasis en el aprendizaje de ciertas especialidades, y demasiado
poco en un ensanchamiento de la mente y el corazón por medio de un análisis
imparcial del mundo”.
Una competencia es, según el proyecto DeSeCo (Definition
and Selection of Competencies) de la OCDE, encargado de definir y seleccionar
las competencias: “La capacidad de responder a demandas complejas y llevar a
cabo tareas diversas de forma adecuada. Supone una combinación de habilidades
prácticas, conocimientos, motivación, valores éticos, actitudes, emociones y
otros componentes sociales y de comportamiento que se movilizan conjuntamente
para lograr una acción eficaz”.
Es una definición en apariencia bastante completa,
lástima que los sistemas educativos no hayan sabido implementarla y que hoy la
educación por competencias se haya convertido en un galimatías que pocos
entienden y que muchos menos saben cómo aplicar y sobre todo cómo evaluar.
Algunos especialistas opinan que, tanto el
desconocimiento del concepto de competencia como su establecimiento en el
ámbito educativo, pudieran ser explicaciones válidas para justificar el
supuesto fracaso de esta metodología. En cambio, otros alegan que el fracaso
viene dado porque en el fondo de este método subyace la ideología de una
economía neoliberal interesada en que las instituciones educativas se
conviertan en centros de adiestramiento para el trabajo, de los que egresen
personas poco pensantes, pero dóciles y con la porción de conocimiento y las
destrezas suficientes para aceptar empleos precarios y mal pagados. Tal vez por
eso era importante que la metodología se implantara desde preescolar y tal vez
por eso han proliferados tantas instituciones de educación superior que más
bien parecen institutos de capacitación.
La educación por competencias llegó a las aulas sin el
consenso de los verdaderos protagonistas del hecho educativo, nadie les
preguntó y nadie los consideró a la hora de instaurarlas, de manera que
tuvieron que iniciar sin una capacitación a fondo y sin que lo entendieran del
todo. Hicieron del ensayo y el error una forma de trabajo y en muchos casos
acabó imponiéndose la simulación.
Por otro lado, tampoco contaron con el apoyo de su
autoridades, ya que, según los involucrados, pocos son los que conocen a fondo
el tema de educación y pocos también lo que tienen la mística que debieran para
desempeñarse en esos puestos, que en su mayoría son ocupados por políticos. Es
comprensible, pues, que si las autoridades no dominan el tema educativo, no
sean los mejores interlocutores en los foros donde se debate el establecimiento
de nuevos métodos o de cualquier otra cuestión relacionada con el mundo de la
educación.
Es cierto que la educación no puede desvincularse de su
contexto social, pero tampoco puede perder su finalidad, tal como consta en el
Artículo 3º constitucional: “(…) tenderá a desarrollar armónicamente todas las
facultades del ser humano (…)”, por tanto, fragmentar el conocimiento en
porciones no es la mejor manera de conseguirlo, como tampoco lo es supeditar
los conocimientos al saber hacer, o limitarlos únicamente a lo que sea
significativo para el alumno, ya que, con esa visión reduccionista de la
educación, cada vez es más bajo el nivel de nuestros estudiantes.
Si queremos ciudadanos librepensadores y críticos, con la
misión de construir una mejor sociedad, tenemos que empezar por rescatar
saberes que han sido eliminados del currículum y métodos con los que el alumno
aprenda de verdad y cuya formación sea realmente integral.Como bien dijo
Rabindranath Tagore: “No es tarea fácil educar jóvenes, en cambio,
adiestrarlos, es muy sencillo” .
La enseñanza por competencias es rescatable en la
capacitación de operarios y personas que necesitan un adiestramiento en
cualquier oficio. También funciona muy bien en carreras técnicas donde el saber
hacer tiene más peso que el saber; sin embargo, capacitar no es educar, así que
habría que revisar con cuidado si con esta metodología el sistema educativo
está a la altura de los nuevos retos o si únicamente retrocedió al tipo de
educación que se impartía en la era industrial.
Édgar Morín habla de tres grandes desafíos educativos
actuales: el cultural en el que se debe reunir la ciencia y las humanidades; el
Sociológico que considere el conocimiento como capital humano y el cívico que
desarrolle el sentido de la responsabilidad y la solidaridad. No son los únicos
pero estos están bien planteados.
Afortunadamente, los países que adoptaron esta
metodología empiezan a cuestionarla seriamente y uno de sus principales
críticas es que no tiene un sustento pedagógico o filosófico, por mucho que
quieran emparentarla con el constructivismo. En México se está gestando un
nuevo modelo educativo, así que hay que confiar en que los especialistas no
perderán de vista que la educación es un bien social y que la globalización no
será excusa para ponerla al servicio de la economía mundial o de intereses
ajenos a su verdadera esencia.
Formar personas libres, con pensamiento crítico, que
respeten y acepten la diversidad y que desarrollen la capacidad de transformar
la sociedad, apoyados en una escala de valores compartidos por todos los que
intervienen directa o indirectamente en dicha formación, requiere mucho más que
un método que siga los lineamientos del mercado laboral.
¿Por qué está fracasando el modelo por competencias?
porque como muy bien dijo Freire: “La educación necesita tanto de la formación
técnica, científica y profesional como de sueños y utopías”.



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