martes, 7 de junio de 2011

La Biopolítica Universitaria


Por: Johan Rodríguez

La filosofía, desde hace mucho tiempo ha recibido la crítica que se ha olvidado de los hechos en concreto, en especial, los que suceden en el ámbito social. Es preciso, entonces, que la filosofía y en específico, la filosofía política envié un mensaje, no sólo de reflexión, con todo que esto es el fundamento de la filosofía, sino también, que genere opinión, que resista los embates de la sinrazón del poder económico, del poder del estado, o de cualquier manifestación de poderes. Es preciso, crear como lo dice Deleuze y Guattati, nuestra máquina de guerra, no una cualquiera, sino una capaz de revisar el origen, el porqué y el cómo de la esfera social se encuentra, atada en unos casos, manipulada en otros o, simplemente, desinteresada.
La idea es armarnos de elementos que nos permitan entender el qué pasa, para actuar en el qué queremos que pase. Con un panorama universitario se pretenderá situar la actualidad de la educación superior, en especial la de la Universidad de Antioquia, en un proceso de muchos años, en el que la autonomía y la libertad se han cambiado por el miedo y la exigencia de una seguridad extrema que solo puede brindar un estado policial.
Para empezar, nos aproximaremos al concepto de biopolítica, nos apoyaremos en la definición que traen Michael Hardt y Antonio Negri que dice, “El biopoder es una forma de poder que regula la vida social desde su interior, siguiéndola, interpretándola, absorbiéndola y rearticulándola”1. Lo anterior se refiere a cómo el poder pasó de ser un control sobre los medios de producción, como en el caso de la economía; sobre el voto, como en el caso de la política; convirtiéndose así, en un control de la persona, con la facultad de producirle a ésta una sensación de autorregulación. Es así como el término biopoder, se refiere a un poder trasladado al control de las mentes y así, cada acción humana estará controlada y dirigida; y lo más importante, la creencia que el poder está afuera, en realidad se lleva en nuestros adentros.
¿Cómo es, entonces, el biopoder en nuestra Universidad?
Este se presenta cuando los estudiantes y/o trabajadores del Alma Mater creen que están decidiendo cómo deben comportarse dentro de la institución; el problema aquí, ya no es un asunto exclusivo de dinero, en el que se creía que el qué generaba los ingresos era el que tomaba las decisiones, como pasaba en las amplias discusiones con enfoque marxista de la década de 1970. Allí, el estudiantado veía como su “enemigo” la propiedad privada, hoy no solo el problema está allí, ahora se pregunta ¿por qué el estado te prohíbe la asociación y la protesta, bajo el argumento que estas dos son terrorismo? Y se le ha olvidado a algunos que el origen del estado fue producto de un conflicto, de una guerra o, en el mejor de los casos, de un acuerdo para dejar de matarse; es decir, el estado surgió de los tumultos y las revueltas, y no de la sumisión y la aceptación a raja tabla de las cosas. Mucho de esto tienen la culpa los medios de comunicación, no todos claro está. Éstos se han encargado de vender la idea acerca de que cada persona tiene que ser regulada, pero la regulación está dada por unos grupos, que controlan cierta parte de la sociedad; pues ya Foucault decía, que no existe el poder, existen poderes donde cada uno de estos grupos posee una parte y hace con esto lo que quiere, que no es más que perpetuar un orden de cosas que nunca han estado organizadas, pero que, al menos, tienen la apariencia de estarlo.
En líneas anteriores hablábamos que la pregunta, ahora, no es por quién tiene la propiedad, en otras palabras, es de quién realiza el trabajo material; el biopoder no controla la producción, al menos no de madera especifica; el biopoder, entonces, controla el pensamiento y según Negri, controla el trabajo inmaterial, se tiene propiedad sobre los discursos, sobre los racionamientos, sobre las acciones; no solo de las personas del común, sino, también, de la intelectualidad al servicio de esta nueva propiedad.
Se discute ahora sobre el capital, no el físico, sino el intelectual. Deleuze y Foucault, advirtiendo el problema de la propiedad sobre los intelectuales, hacen un llamado para que el intelectual cumpla su función, que es decir lo que todos saben, pero no todos se atreven a decir: “El papel del intelectual no es el de situarse «un poco en avance o un poco al margen» para decir la muda verdad de todos; es ante todo luchar contra las formas de poder”2.
¿Cómo llegamos al momento actual?
Muchos miembros universitarios no se atreven a decir que “el rey está desnudo”, pues su mente pertenece al poder, no están en capacidad, no por que no quieran ni no tengan los medios, sino, más bien, porque solo ven lo que les muestran y, lo peor, se lo creen. De allí, la importancia de la filosofía política de la máquina de guerra para sacar a esas mentes de la propiedad y retornarlas a un estado nómada que funcione por alianzas y no por organizaciones, que deje a un lado la disciplina y recurran a la necesidad; no estamos desconociendo la organización o la vida en comunidad, lo que se sugiere es no dejarse permear por las decisiones del grupo que en muchos casos responde única, y exclusivamente, a los intereses del poder, en cualquiera que sea su manifestación. Tampoco se desconoce la importancia que puede llegar a tener un orden universitario, en el cual se deba acatar algunas órdenes para la normal realización de las actividades académicas estudiantiles. Se pregunta por la necesidad de tener un grupo policial que cerque la universidad para que sus labores ordinarias se puedan cumplir; con el peligro de que la población que visita la universidad al ver, repetitivamente, la presencia policial termine por acostumbrarse y piense que sin su presencia no se podría estudiar. Cabe anotar que la universidad tiene más de 200 años realizando la función académica sin cerco policial y de todas formas se ha estudiado.
Las sociedades disciplinarias que han recibido el influjo hipnotizador de la seguridad, representada por la policía, creen que es ésta última la única forma que tenemos para vivir en comunidad. La policía, al menos en Colombia, no tiene sino 120 años. Bajo la tesis que es éste el único mecanismo para vivir, entonces, ¿cómo alcanzaron a subsistir los que vivieron antes de 1891?
La necesidad de seguridad creada, por supuesto, ha hecho que el inconsciente colectivo no pueda vivir sin un policía al lado. Como afirma Deleuze, “es como si de pronto el cuerpo de notarios avanzase como árabes o indios, y luego se retirase, se reorganizase: una ópera-cómica en la que no se sabe qué va a pasar (incluso se puede Llegar a gritar:"¡La policía con nosotros!").”3
Hemos visto de manera sucinta cómo el fenómeno de la biopolítica ha permeado a la sociedad, de igual forma, cómo la supuesta seguridad prima sobre las mente. También, cómo la propiedad ahora no es sólo material, sino que ha recurrido a una forma de dominación más efectiva, el control de las mentes; generando expectativas de bienestar, de autocontrol, cuando lo único que tienen es una decisión que otro ha tomado por ellos. Cómo la constante repetición o la constante presencia policial termina siendo un fenómeno tan natural que se hace imprescindible, pero, también, hemos hecho un llamado a la construcción de una máquina de guerra capaz de ver el problema y, lo mejor, capaz de generar opinión para que no sean solo unos cuantos, sino un total rizoma unido por muchos fragmentos capaces de pintar el mundo de rosa, como hace la pantera, según Deleuze, para tener un mundo donde pueda vivir a su gusto y donde pueda elegir lo que a bien le parezca.

Notas:
1. Hardt Michael y Negri Antonio, Imperio. Traducido por Eduardo Sadier, edición de Harvard University Press Cambridge, Massachussets, 2000 pp25
2. Tomado del artículo “Los intelectuales y el poder”
3. Deleuze Gilles y Guattari Félix. Mil Mesetas. Capitalismo y esquizofrenia. Traducción por José Vásquez Peréz y Umbelina Larraceleta,  Les Editions de Minuit, Paris, 1980 pp 373 [5ta Edición 2002]

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